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DzC: El tiempo anterior (VIII)

LA LLEGADA DEL GRAN ENEMIGO
La era dorada de la humanidad
llegó a un fin catastrófico y abrupto en 3 de mayo de 2507, sólo 2 días después
de la Batalla de Vega. La flota vapuleada y el pequeño ejército de tiempos
pacíficos estaban pobremente preparados para la pesadilla que se les venía
encima.

A pesar de un estado de alerta
intensificado y movilización completa, debido a un prudente deseo de no ignorar
por completo La Advertencia, el ejercito representaba sólo un pequeño
porcentaje de la población. Habían pasado cerca de 300 años desde la última
guerra a gran escala de la humanidad, y las tropas estaban más acostumbradas a
labores de mantenimiento de la paz que al combate real.
A las 06:00 horas EOT (Estándar
Oriental de la Tierra), miles y miles de extraños y espeluznantes naves
alienígenas saltaron del espacio plegado y empezaron a mover a toda velocidad
hacia la Tierra. Los motores de pliegue espacial no pueden funcionar en puntos
próximos a ruedas de gravedad, y por tanto llevaría a este enemigo desconocido
ocho horas alcanzar la órbita baja. Tan espeluznante cuenta atrás sólo sirvió
para minar la moral de los hombres sobre el terreno, sujetando sus armas y
preparando sus vehículos para la batalla por venir.
La despedazada flota de la AAT
podría haber sido capaz de causar algún impacto sobre la armada invasora, si no
hubiera sido por los daños sufridos a manos de los Abandonistas dos días antes.
El mero hecho de que su creencia en La Advertencia se hubiera visto respaldada
por los hechos nunca fue suficiente para el resto de la humanidad para
perdonarles por su cobardía y traición.
Por sí misma, la vasta armada
alienígena simplemente barrió a la flota de la AAT, recibiendo a cambio daños
mínimos. La destrucción de la flota fue casi total, con sólo una pequeña
colección de fragatas, destructores y naves
más ligeras capaces de escapar a la carnicería. Los hombres en tierra quedaban
a su suerte.
Poco después de que la flota
alcanzase una órbita baja, los cielos sobre las ciudades de la Tierra se
ennegrecieron con bizarras naves de desembarco, como nunca se habían visto con
anterioridad. Los interceptores y las defensas antiaéreas se las apañaron para cobrar
un sangriento peaje al enemigo, tal era el volumen de los objetivos. En
realidad era como lanzar piedras a un lago.
Una vez tomaron tierra en el
planeta, oleada tras oleada de tanques gravíticos extraplanetarios comenzaron
su siniestro avance, barriendo las calles de cualquier cosa que se moviera. Su
apariencia era profundamente inquietante, casi biológica, sugestivamente
insectoide y amenazadoramente elegante. A pesar de su por suerte corto alcance,
las contramedidas parecían no tener efecto alguno en sus armas, que causaban
una horrible aniquilación sobre todos aquellos suficientemente desafortunados
para ser alcanzados. Los tanques de la AAT eran envueltos en plasma azul,
supercaliente, y emergían como nada más que escoria derretida, con cualquier
rastro de sus tripulaciones perdido en ella.
Una vez la lucha se trasladó al
interior de las estructuras, los soldados de a pie ordinarios se prepararon
para hacer frente al enemigo, y ver por primera vez a sus agresores. Miles de
hombres fueron asesinados sin piedad sin haber tenido siquiera la oportunidad
de contemplar a sus enemigos. Sus armas tenían un efecto horrible en el cuerpo
humano. Los hombres que vieron como sus camaradas se cocían y morían de dentro
a fuera en un fuego consumidor azul abandonaban sus posiciones rápidamente,
aterrorizados, y eran derribados mientras huían. Sólo cuando los pocos puñados
de desesperados supervivientes se reagruparon, con sus espaldas contra el muro,
se quedaron y lucharon.
Los éxitos fueron escasos y muy
alejados entre ellos, sucediendo sólo en los raros casos en que el enemigo se
había extendido demasiado. En los espacios estrechos, confinados, la lucha
ocasionalmente degeneraba hasta llegar al combate cuerpo a cuerpo. Fue durante
esos momentos cuando los hombres miraron por primera vez a los ojos de sus
atormentadores.
Eran a duras penas humanoides en
apariencia. Pesadamente vestidos con gruesos ropajes, lo que era visible de su
pálida piel parecía cubierta con pequeñas placas de armadura brillante. No
tenían orejas visibles y narices planas y alargadas. Sus ojos estaban llenos de
odio, malicia y sufrimiento, y parecían arder en rojo desde su interior. Su
piel sudaba profusamente, y con el tiempo quedó claro que necesitaban consumir
fluidos a una velocidad alarmante, ya fuese agua o la sangre de los caídos,
incluso de los suyos. Lucharon con un abandono temerario con poco aprecio por sus
propias vidas, y siempre parecían al borde de la locura, así eran sus
movimientos de violentos, inconsistentes y erráticos.
Fuera, en las calles, no se
encontró ni rastro de tripulación alguna aunque sus vehículos fuesen
destruidos. En ocasiones, una sustancia pútrida, negra y con aspecto de brea
podía verse rezumando de vehículos dañados como sangre coagulada de una herida.
Estas observaciones fueron escasas, en cualquier caso, ya que la destrucción de
las unidades blindadas de la AAT fue casi total en medio de la carnicería.
En cuestión de horas, el grueso
de la lucha había terminado. Los pocos supervivientes humanos habían sido
completamente evacuados, y las unidades supervivientes del ejército y los
civiles por igual abandonaron las ciudades en una carrera aterradora. Esto fue
sólo el principio de su tormento, que para la mayoría se prolongaría más allá
de sus vidas naturales y para otros sólo acabaría en una muerte a manos de sus
anteriores hermanos…